Artículo escrito por Edgar Marulanda, Gerente Comercial de Residuos de Grupo Terra Zan S.A.S. E.S.P.
La gestión integral de residuos sólidos en Colombia enfrenta hoy una encrucijada que no admite más esperas. Durante décadas, el modelo se ha centrado en una premisa de emergencia: ocultar los desechos bajo capas de tierra para cumplir con requisitos sanitarios inmediatos.
Sin embargo, lo que inicialmente se planteó como una solución necesaria se ha transformado en un sistema de disposición agotado que compromete la estabilidad ambiental y financiera del país. Enterrar residuos de forma indiscriminada fue, desde su concepción, una propuesta que ignoró las consecuencias de largo plazo y que hoy nos hereda suelos degradados y pasivos ambientales de difícil retorno.
La realidad de este modelo es alarmante cuando analizamos las cifras de disposición final a nivel nacional. En Colombia, aproximadamente el 96% de los residuos sólidos terminan en rellenos sanitarios, una infraestructura que se encuentra al límite de su capacidad operativa y técnica. Según informes de la Defensoría del Pueblo, 22 de los 32 departamentos del país presentan situaciones críticas, con cerca del 36% de los rellenos operando con menos de tres años de vida útil remanente. Incluso hitos de la gestión de residuos como el relleno Doña Juana en Bogotá se mantienen bajo una presión constante que evidencia la fragilidad de depender exclusivamente de la acumulación subterránea.
Más allá del espacio físico, el costo oculto de esta gestión es ambientalmente insostenible y financieramente ineficiente. Los rellenos sanitarios son responsables de cerca del 14% de las emisiones de metano en el país, un gas con un potencial de calentamiento global significativamente superior al CO2. A esto se suma el desafío crítico de los lixiviados, cuya gestión técnica se convierte en una carga económica eterna para los operadores y un riesgo latente para nuestras cuencas hídricas. Mientras la tasa de aprovechamiento real en el territorio nacional apenas ronda el 17%, seguimos enterrando diariamente energía, polímeros y materia orgánica que podrían reincorporarse con éxito a la economía circular.
Migrar hacia tecnologías de tratamiento más limpias y sostenibles no es una opción académica, sino una urgencia de infraestructura y competitividad para el sector de servicios públicos. El verdadero liderazgo en la gestión de residuos debe enfocarse en la transición hacia complejos tecnológicos donde la valorización energética y la recuperación de nutrientes sean el estándar operativo. Debemos dejar de ver los residuos como basura para entenderlos como recursos fuera de lugar. El futuro de nuestra industria no depende de cavar huecos más profundos, sino de implementar soluciones que finalmente cierren el ciclo de vida de los materiales y protejan el capital natural de las próximas generaciones.

Como especialista en saneamiento y desde mi rol en la gerencia comercial, estoy convencido de que la sostenibilidad no puede ser solo un discurso; debe ser una decisión técnica y financiera audaz. No podemos esperar resultados distintos si seguimos utilizando los mismos métodos de hace décadas. La pregunta para las empresas y el sector público no es si debemos cambiar, sino qué tan pronto estamos dispuestos a liderar esa transición.





