Por: Edgar Marulanda Gerente Comercial de Residuos – GRUPO TERRA ZAN S.A.S. E.S.P.
En Colombia se generan cerca de 24,8 millones de toneladas de residuos sólidos al año, de las cuales entre el 50 % y el 60 % corresponden a materia orgánica. Esta fracción, que podría convertirse en uno de los pilares de una economía circular sólida, continúa siendo gestionada de manera limitada: menos del 10 % recibe algún tipo de tratamiento, mientras el resto termina enterrado en rellenos sanitarios como Doña Juana en Bogotá o La Pradera en Medellín. El resultado es una creciente problemática ambiental asociada a lixiviados que contaminan fuentes hídricas y emisiones de metano que intensifican el cambio climático.
Actualmente, el compostaje industrial es una de las tecnologías con mayor implementación y posicionamiento en el país. Empresas privadas como GRUPO TERRA ZAN S.A.S. E.S.P., pioneras en Bogotá y municipios aledaños, han demostrado que el tratamiento controlado de residuos orgánicos puede transformarse en abonos sólidos y líquidos de alta calidad, destinados a la agricultura regenerativa y a proyectos de recuperación de suelos. Estas iniciativas evidencian que el sector privado tiene la capacidad y disposición para invertir en soluciones sostenibles; sin embargo, aún persiste la necesidad de un marco regulatorio que incentive el aprovechamiento por encima de la disposición final.
Por otra parte, la biodigestión anaeróbica, aunque menos difundida, representa un enorme potencial para el país. A través de esta tecnología es posible transformar residuos en biogás y digestato, permitiendo generar energía renovable y fertilizantes líquidos. En Colombia existen algunos proyectos piloto desarrollados por agroindustrias y universidades, pero aún no se han consolidado a escala urbana. Mientras en Europa el biogás ya se integra a redes de gas natural, en el país apenas comienzan a explorarse las primeras experiencias.

A esto se suman tecnologías emergentes como el uso de la mosca soldado negro, capaz de transformar residuos orgánicos en proteína animal y biofertilizantes, o el biochar, reconocido por su capacidad como sumidero de carbono y mejorador agrícola. Estas alternativas abren nuevas oportunidades para diversificar el portafolio de productos derivados del tratamiento de residuos orgánicos y fortalecer una economía basada en el aprovechamiento.
Los productos obtenidos a partir de estas tecnologías poseen un valor económico tangible. El compost puede sustituir fertilizantes químicos importados y contribuir al incremento de la productividad agrícola. El digestato líquido aporta nutrientes esenciales como nitrógeno y fósforo. El biogás puede utilizarse para alimentar procesos industriales o convertirse en electricidad, disminuyendo la dependencia de combustibles fósiles. La proteína derivada de la mosca soldado negro abre oportunidades para las cadenas pecuarias, mientras el biochar se conecta con mercados internacionales de bonos de carbono. Lo que hoy se entierra como basura podría convertirse en un activo estratégico para impulsar la economía verde.
Algunas ciudades del país ya han comenzado a dar pasos importantes. Bogotá concentra la mayor generación de residuos del país, con más de 6.500 toneladas diarias, y aunque gran parte termina en el relleno sanitario Doña Juana, iniciativas privadas como las desarrolladas por GRUPO TERRA ZAN S.A.S. E.S.P. y proyectos piloto en centrales de abastecimiento han demostrado que es posible aprovechar una parte significativa de esta fracción. Cali ha impulsado modelos comunitarios como pacas digestoras y compostaje barrial, reduciendo emisiones y fortaleciendo huertas urbanas. Medellín inauguró en 2023 su primer Centro Comunitario de Transformación de Residuos Orgánicos en Villa Hermosa, beneficiando directamente a decenas de familias. Asimismo, municipios intermedios como Subachoque, Anzá y Tunja han adoptado sistemas de compostaje giratorio que permiten a los hogares transformar hasta el 60 % de sus residuos en abono.
El panorama es claro: el compostaje es actualmente la tecnología más implementada y posicionada en Colombia, aunque aún opera a una escala insuficiente frente al volumen de residuos generados. La biodigestión y otras biotecnologías emergentes requieren inversión, articulación y políticas públicas que faciliten su adopción.
La transición hacia un modelo verdaderamente sostenible no depende de inventar nuevas soluciones; depende de tomar la decisión de implementarlas a gran escala. La verdadera pregunta es si estamos preparados para dejar de ver los residuos orgánicos como una carga y comenzar a gestionarlos como el recurso estratégico que realmente son.
¿Qué papel deben asumir las ciudades en esta transformación? ¿Estamos preparados para escalar tecnologías como el compostaje y la biodigestión más allá de los proyectos piloto? ¿Qué incentivos se necesitan para que el sector privado y las comunidades conviertan los residuos en oportunidades de desarrollo y valor?





