Artículo escrito por Edgar Marulanda, Gerente Comercial de Residuos de Grupo Terra Zan S.A.S. E.S.P.
En mi artículo anterior, planteaba que la era de los rellenos sanitarios en Colombia ha llegado a su fin. Sin embargo, aceptar que el modelo de “cavar y cubrir” es obsoleto nos obliga a enfrentar una realidad mucho más profunda: nuestra incapacidad actual para entender el residuo como un activo dentro de una cadena industrial. Esta problemática no se divide en fallos aislados, sino que es un sistema donde la inacción sobre la fracción orgánica y la deficiencia en el aprovechamiento de materiales convergen para alimentar la crisis de los rellenos.
El núcleo del desafío reside en lo que hemos decidido ignorar. En Colombia, entre el 50% y el 60% de lo que enviamos a disposición final es materia orgánica. Es, por mucho, la fracción que más generamos y la que mayores pasivos ambientales produce en forma de lixiviados y emisiones de metano. Resulta contradictorio que, siendo el factor que más compromete la estabilidad técnica de los sitios de disposición, sea precisamente en el que menos hemos trabajado “tanto en el sector público como en el privado” para minimizar su impacto. Hemos normalizado el entierro de nutrientes esenciales para nuestros suelos, ocultando bajo tierra una problemática que debería estarse transformando en soluciones de compostaje industrial o biodigestión anaeróbica.
Esta parálisis en el manejo de orgánicos se entrelaza con un sistema de recuperación de materiales que, aunque ha mostrado avances loables en inorgánicos como el plástico o el vidrio, sigue siendo insuficiente frente a la magnitud del residuo que termina confinado. Seguimos desperdiciando polímeros de alto valor y rechazos industriales con un potencial energético que hoy simplemente se pierde. La verdadera transición hacia la sostenibilidad no vendrá de esfuerzos aislados de reciclaje, sino de la integración de complejos tecnológicos que cierren el ciclo: donde lo que no se recupera manualmente, se transforma biológicamente o se valoriza energéticamente (Waste-to-Energy).
Lograr este cambio requiere una ruptura con la inercia regulatoria y tarifaria que hoy premia el entierro por encima de la transformación. Como expertos del sector, debemos cuestionar por qué seguimos financiando la expansión de huecos en lugar de invertir en infraestructuras de generación. La viabilidad del servicio público en el siglo XXI depende de nuestra capacidad para convertir pasivos ambientales en modelos de negocio bancables, donde la eficiencia no se mida por hectáreas de tierra excavada, sino por megavatios generados, nutrientes recuperados y toneladas de CO2 evitadas.
El debate técnico es, en el fondo, una pregunta sobre nuestra voluntad política y financiera: ¿Estamos listos para dejar de ver el residuo como una carga y empezar a gestionarlo como el recurso estratégico que realmente es?
Me interesa mucho conocer su perspectiva sobre cómo podemos romper esta “parálisis” en el manejo de la fracción orgánica y escalar el aprovechamiento hacia una verdadera escala industrial.





